miércoles, 25 de febrero de 2026

La banca ya no compite solo por tasa: compite por continuidad

Resiliencia digital y operacional en LATAM frente a ataques, regulación y dependencia de terceros

La resiliencia digital se ha convertido en uno de los ejes silenciosos que determinarán la competitividad del sector financiero en América Latina. Por un lado, es imperativo  reforzar la infraestructura tecnológica y también garantizar que los servicios críticos sigan operando en un entorno marcado por ataques crecientes, regulación más exigente y una dependencia cada vez mayor de terceros. Para los decisores en instituciones financieras con estándares internacionales de cumplimiento, la resiliencia es hoy un componente central de la agenda de negocio y esto incluye tanto a la banca tradicional como a los nuevos formatos de banca digital y neobancos que han ganado terreno en la región.

El contexto regional acelera esta presión. La digitalización de servicios financieros, el auge de las fintech y la expansión de canales remotos han multiplicado la superficie de riesgo. Ransomware, ataques a APIs, fraudes sofisticados y fallos en proveedores de nube o de procesamiento son escenarios que pueden paralizar operaciones, afectar la disponibilidad de canales digitales y erosionar la confianza de clientes e inversionistas. En el caso de la banca en línea y de los neobancos —frecuentemente mobile‑first y sin presencia física— la tolerancia del cliente a la indisponibilidad es aún menor: cualquier interrupción se traduce en fuga inmediata hacia alternativas competidoras. Al mismo tiempo, los reguladores avanzan hacia marcos de resiliencia operacional más robustos, que demandan pruebas claras de que las instituciones pueden resistir y recuperarse de interrupciones severas incluyendo las que afectan a plataformas 100% digitales.

En este entorno, se hacen visibles varios “puntos de dolor” recurrentes. Muchas organizaciones carecen de una visibilidad integral de sus activos críticos, dependencias tecnológicas y relaciones con terceros, lo que complica la identificación de impactos encadenados ante un incidente. La fragmentación normativa y la coexistencia de estándares locales e internacionales incrementan el costo de cumplimiento y el riesgo de sanciones. A esto se suma la escasez de talento especializado y la ausencia de simulacros y estructuras claras de decisión para gestionar crisis complejas. En el mundo de la banca digital y los neobancos, estos desafíos se amplifican: modelos basados en transferencias instantáneas, onboarding totalmente en línea y servicios sin sucursal física incrementan el riesgo de fraudes a través de canales móviles y de corridas de liquidez aceleradas por la inmediatez de los retiros.

La resiliencia bien diseñada ofrece una respuesta estructurada a estos desafíos. Para el sector financiero, implica reducir la probabilidad y la duración de caídas en banca digital, cajeros y medios de pago, protegiendo ingresos y continuidad operativa. Permite demostrar ante supervisores que la organización cuenta con capacidades efectivas para operar bajo estrés, lo que disminuye el riesgo regulatorio y facilita el diálogo con autoridades. Refuerza, además, la confianza de clientes y mercado: una institución que se mantiene en pie cuando otras interrumpen sus servicios consolida una reputación de solidez difícil de replicar solo con campañas de comunicación, algo crítico para neobancos que construyen su marca casi exclusivamente en entornos digitales.

La resiliencia también habilita la innovación. Un banco que dispone de procesos, arquitectura y gobierno de resiliencia puede integrar nuevos socios fintech, adoptar modelos basados en nube y desplegar productos digitales con un nivel de riesgo controlado. Para los modelos de new banking, esto significa poder escalar rápidamente —en usuarios, transacciones y geografías— sin perder el control sobre el riesgo operacional y el fraude que prolifera en canales móviles. La gestión avanzada de terceros es otro resultado clave: mapear, clasificar y gobernar proveedores críticos es componente permanente del modelo de riesgo operativo. Finalmente, al disminuir la frecuencia e impacto de incidentes graves, la resiliencia optimiza el costo total del riesgo, reduciendo gastos de remediación, litigios y esfuerzos reactivos de comunicación de crisis.

En este escenario, la forma en que el sector financiero adquiere, integra y opera soluciones de ciberseguridad se vuelve tan relevante como las tecnologías en sí. La resiliencia se construye articulando un ecosistema de capacidades complementarias. Aquí surge el valor de Onistec como distribuidor de nueva generación que actúa como orquestador entre fabricantes, canales e instituciones financieras de distinto formato, desde bancos universales hasta neobancos especializados. Su función es la de ayudar a diseñar arquitecturas coherentes con marcos de resiliencia operacional, reducir brechas entre soluciones heterogéneas y coordinar respuestas ante incidentes a través de toda la cadena digital.

Para los decisores de BSFI, este modelo desplaza la discusión de la compra táctica de herramientas hacia la construcción conjunta de una plataforma de resiliencia. Esa plataforma sostiene la continuidad de los procesos de negocio, alinea tecnología con exigencias de cumplimiento internacional y se convierte en un activo estratégico de confianza frente a clientes, reguladores y mercado. Para los actores de new banking y banca en línea, además, la resiliencia es el mecanismo que les permite crecer, diferenciarse y aspirar a modelos de banca “más allá de la sucursal” sin quedar atrapados en una percepción de fragilidad tecnológica.

En un sistema financiero cada vez más interdependiente y expuesto, quienes entiendan y gestionen la resiliencia como una capacidad organizacional, apoyada por un ecosistema de ciberseguridad bien orquestado, estarán mejor posicionados para liderar la próxima etapa de la banca en la región.

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