La Revolución Digital reescribió el poder comunicacional
Roberto Massa
La Revolución Digital no solo
multiplicó los canales: alteró la física misma del poder comunicacional. En un
entorno donde cualquiera puede amplificar, verificar o destruir reputaciones
antes del primer café de la mañana, la comunicación dejó de ser un ejercicio de
emisión para convertirse en una disciplina de ecosistemas dinámicos. Hoy,
redes, plataformas, algoritmos, comunidades y modelos de IA operan sin
descanso, moldeando lo que se ve, lo que se cree y lo que se teme.
La paradoja: la capacidad de comunicar parece infinita, pero
el control es cada vez más limitado.
Marshall McLuhan lo anticipó: el
medio es el mensaje. En el siglo XXI, esto significa que no basta con tener
un buen contenido; importa el sistema que lo distribuye, lo interpreta y lo
jerarquiza. Las plataformas ya no son canales pasivos: son arquitecturas de
visibilidad con incentivos propios, donde algoritmos deciden qué circula y qué
se hunde.
La idea de una audiencia
homogénea quedó atrás. Lo que antes llamábamos “opinión pública” hoy son
múltiples públicos en red, con códigos y ritmos distintos, capaces de
coordinarse para defender o castigar a una marca en cuestión de horas. Todo lo
que entra al ecosistema digital se vuelve replicable, reinterpretado y, muchas
veces, incontrolable.
Manuel Castells lo explica desde
la lógica de la “sociedad-red”: el poder se ejerce en la capacidad de orientar
flujos de información e influencia. Bajo esta mirada, la reputación deja de ser
un “activo blando” y se convierte en un sistema operacional: intangible, pero
observable, acelerable y vulnerable.
Hoy, la reputación vive dentro de
infraestructuras digitales que registran y amplifican cada señal. Y en un
entorno donde los bots pueden fabricar la apariencia de consenso o
indignación, un evento menor puede escalar si atraviesa nodos con alta
capacidad de amplificación.
La conclusión es clara: gestionar
reputación como si fuera una campaña es una estrategia del siglo pasado.
Si la reputación fluye como un
sistema, gobernarla exige tratarla como una variable de gobernanza. Esto
implica responsabilidades claras, umbrales de riesgo, mecanismos de rendición
de cuentas y conexión directa con la gestión integral de riesgos.
Así las organizaciones maduras avanzan hacia preguntas más
profundas:
- ¿Qué
decisiones, prácticas de datos o automatizaciones, están generando esa
percepción?
- ¿Qué
podemos demostrar, no solo declarar?
- ¿Qué
señales tempranas anticipan una crisis antes de que internet la nombre por
nosotros?
En este enfoque, la comunicación
es un mecanismo de control que conecta conducta con confianza. La transparencia
deja de ser un discurso y se convierte en una práctica demostrable.
Jürgen Habermas describió la
esfera pública como el espacio donde se forma la opinión. Hoy, ese espacio está
fragmentado y mediado por algoritmos: deliberación y polarización conviven,
evidencia y espectáculo compiten, conversación y campaña se mezclan.
Para los líderes de comunicación,
el reto es estratégico. Requiere lectura del entorno, coherencia organizacional
y capacidad de respuesta en ventanas de tiempo que se miden en minutos o
segundos.
La inteligencia artificial entra
en juego ya que permite escuchar, clasificar y anticipar tensiones a una escala
inédita. Pero también transforma la comunicación en un sistema ciberfísico
donde datos, modelos, decisiones y reacciones sociales se retroalimentan
continuamente en un bucle sin fin determinado.
El modelo clásico de Harold
Lasswell —quién dice qué, por qué canal, a quién y con qué efecto— ya no
alcanza. Hoy, la comunicación se entiende como:
Quiénes (humanos + sistemas)
activan qué señal, en qué arquitectura algorítmica, para qué red de públicos,
en qué ventana temporal, con qué bucles de retroalimentación y con qué efectos
medibles.
La analítica y la IA permiten
medir casi todo, pero medir no es lo mismo que gobernar. Tres trampas
estructurales lo explican:
- La
medición puede optimizar lo equivocado.
Si el sistema premia atención o indignación, producirá más de eso, aunque erosione la confianza. - Lo medible es manipulable.
Cuando un KPI
se convierte en objetivo, distorsiona las conductas y fomenta comunicación
performativa.
- La legitimidad es normativa.
Un mensaje
puede “funcionar” y aun así ser ilegítimo si se basa en opacidad o explotación
de datos.
Tres marcos conceptuales se vuelven indispensables:
- Luciano
Floridi: si no puedes defender tu práctica de datos en público, no es
sostenible.
- Helen
Nissenbaum: la privacidad depende de respetar los flujos apropiados de
información según el contexto.
- Shoshana
Zuboff: el riesgo no es parecer tecnológica, sino parecer extractiva.
En un entorno hiperconectado, la opacidad no solo es un
problema ético: es un acelerador de crisis.
La Revolución Digital obliga a
redefinir la comunicación corporativa como una función estratégica de
gobernanza. La IA y la ciencia de datos ofrecen poder, pero ese poder exige
legitimidad demostrable.
Hoy, la comunicación no “representa” a la organización: es
la organización en tiempo real. Es el sistema visible por el cual el entorno
infiere quién eres, qué haces y si mereces confianza.
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